ORGASMOS EN LA ANTIGUA FÁBRICA

Llevo más de un mes sin tener orgasmos en condiciones. La pichita de mi compañero me da para engañar el hambre un ratito. Mi vida no está formada por grandes acontecimientos, todo se dirime en el interior de una casuística formada por deseos y su culminación en una sinfonía de pollas instrumentales y dedos voltaicos.

Mis experiencias sexuales se dilatan en el tiempo, pianissimo, pero cuando suenan las trompetas de lo inevitable he de cumplir los designios del destino, allegro ma non tropo y desmitificar de paso falocracias de medio pelo. Yo no necesito un queridísmo sugar daddy, un papá que se porte bien conmigo y no me regañe cuando soy mala, leo a Sade, Henry Miller, Anaïs Nin y Silvia Plath, tengo una opinión formada, un punto de vista propio e incontrovertible y una cartera con algunos ceros de más, no me juzguen mal, soy una mujer madura y terriblemente whip.

Ha llegado el momento de pasearme por la Antigua fábrica. De noche suelen reunirse parejas y algunos homosexuales. Es una zona de cruissing ideal para los bujarrones. Un día también pude ver a una pareja haciendo un trío con un moreno.

Blusa negra de cuello de barca. Sujetador de encaje. Falda plisada 20 cm por encima de las rodillas. Conjunto de medias y liguero negro. Abrigo tres cuartos para envolver el pastel y restañar babas. Un poco de rouge desvaído en los labios y una buena campana para templar tuberías de carne. Sencillo. Sofisticado. Rápido.

orgasmos
Yasmine: Sex for Cash, Marc Dorcel, 2006

Va siendo hora de redactar un tratado fundacional sobre cómo pensamos las mujeres whip y derribar de paso cierta mitología sobre maduritas deseables y fáciles de seducir. Hoy toca provocar conflagraciones. Mañana me pondré a escribir.

La antigua fábrica textil. Oscuridad prácticamente total. Zona casi desierta. 20:30h. Estaciono el vehículo en paralelo a la estación de tren, la Justine del Marqués de Sade durmiendo el sueño de los justos en un salpicadero, las últimas octavas de una sinfonía rusa ahogadas al cerrar la puerta, los últimos retoques dormidos en la copa de un sujetador.

Bajo por un túnel que me comunica con el otro lado de la vía . Cuando voy caminando por ese oscuro barril invertido, dos luciérnagas de humo indican una parada antes de llegar a ningún sitio.

Sabemos quién eres
No te preocupes
-¿Quieres pasar un buen rato?

Cuando por fin me decido a decir:  “vale“, tengo dos manos en la orilla de mis senos, un dedo en el cañón de mi culo, dos lenguas en el acantilado del cuello y un pulgar raspándome la cerilla del clítoris. No los había visto antes. Son jóvenes, atléticos, de lenguas ágiles, rápidos, pugilísticos, topográficos.

El concierto de dedos se interrumpe cuando uno de ellos me levanta a un palmo del suelo, me apoya en la pared y en el aire me clava un escoplo de 27 pies. Me retuerzo. Le como la boca. Empiezo a llorar. Me hace girar en la pista de baile y sin darme cuenta mi culo recibe un diazepam del 28 que me duerme el esfínter. Me follan en el aire racheando como una lluvia intermitente.

Subo y bajo como en un columpio sin tocar el suelo. Las dos pollas convergen en un punto entre el ano y la vagina como una tangente. Comienzo a morderme los labios. Me desvanezco por un momento y cuando despierto amanezco en una alfombra de piedra con dos lenguas raspándome la cuchara. No sé cómo he llegado hasta allí, ni cuánto tiempo ha pasado. No me he dado cuenta.

Los cigarros chisporrotean en el suelo. Me lo comen suave, con liturgia. Me voy una vez. Y otra más. Me cubre una sombra de profecía bíblica y orgasmos salomónicos. Dos lijas me cepillan la vaina que se abre en un trébol de espasmos. Me trabajan los laterales. Hábiles ebanistas barnizando un mueble de carne vida. Siguen enchufándome sus corrientes. Dos filamentos pollones convergen en el mismo globo de cristal rosado. Dos vergazos me castigan las paredes. Las coronas de dos glandes sultanes me convierten en Reina furcia.

orgasmos
Yasmine: Sex for Cash, Marc Dorcel, 2006

La película es en Cinemascope y en un único plano secuencia lleno de orgasmos, orgasmos, orgasmos. No puedo respirar. Me vuelvo a correr. No puedo más. Tengo dos pollas parcheándome la raja y el pulgar en la boca pidiendo un armisticio. Necesito un hat- trick de mangueles. Otro día será. Los dos rábanos escupen sin avisar toda la leche de una parroquia en un clítoris comatoso. Aturdida, estocada, entera todavía.

Me quedo sola con una sensación extraña. Me incorporo. Tengo sangre en la parte inferior del labio. Me cuesta respirar. Las medias rotas. El liguero en objetos perdidos. El sujetador siniestrado. El abrigo durmiendo una siesta. Las piernas dormidas y el bolso en un lateral. Han desaparecido con el farolillo de sus cigarros. Me incorporo. Vuelvo a recorrer un pasillo que no me ha llevado a ningún sitio salvo a él mismo. Enciendo el motor. Cierro la puerta de casa. Me meto en un sobre postal de sábanas blancas y conciencias lavadas.

He de comprarme otras medias, pienso.

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