Relato de MUJERES MADURAS EN BUSCA DE MORBO

Vivo a 40km de una importante ciudad en una casa de tres plantas estilo Niemeyer. Paso tres noches a la semana sola, el fatum (Destino) de algunas mujeres maduras.  Mi marido es un importante publicista de prestigio internacional con turnos intempestivos y  unos cuernos de sátiro. Una vez a la semana cojo el pequeño utilitario que tengo y me desplazo a la ciudad.

Voy siempre al mismo local, en busca de sentirme penetrada por un autentico pollón. No es difícil encontrarlos. Solo hay que bascular en la dirección correcta. El resto es el preludio del placer travestido de unos pasos de bachata para poner a los chicos calientes. Suelo tomarme un Gin mientras observo cómo se mueve la masa de chicos, gays, lesbianas, maduritas y mujeres calientes. Hago un cálculo de probabilidades y casi nunca falla. Trato de evitar el azar en el sexo. Aunque en ocasiones me equivoco, pero pocas.

Había balizado a un semental de piel albada como la nieve. Un parroquiano noctívago y casual, azarosamente necesario. Esa noche me apetecían muchas cosas. Me dejaría hacer. Tenía todavía la boca desencajada del último que disfruto del sexo con una mujer madura. Quería sentir el placer de una lengua retráctil que no fondeara demasiado tiempo. Aparecer y desaparecer. Hoy me apetecía el macho prestidigitador.

Parte I. Festival de Mujeres Maduras

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Marc Dorcel, The whores of Baron, 2014

Acabé la consumición. La tediosa cola de la entrada. Como la del Inem . Mujeres maduras, mujeres calientes, solas como yo. Algunas de ellas acompañadas. Me imagino a estas mujeres como en los videos porno, con una vela de 25 cm entre las piernas y la promesa del orgasmo continuo por una polla gigante. 

Entré por fin en el local. Tres cuartos de aforo. Se llenaría enseguida. Había probado ya a follar en los lavabos, en los reservados, en la habitación quejumbrosa de un hotel entre sofocos apagados. Esta noche quería sexo en un coche

El ejemplar apareció rápido ante mi, ese hombre de músculos fuertes pronto descubriría el placer de tener sexo con mujeres maduras. Lo observé, analicé el flujo de su saliva, me gustó, lo miré, me miró. Iba rápido y había que acabar lento.

No tardó en acercarse, me preguntó lo habitual, tenía 32, trabajaba como consultor senior  de acento alemán y le gustaban demasiado las mujeres maduras. Me invitó a otra copa. La aritmética funcionaba. La geometría necesitaba espacios cerrados. La aceptación del cortejo llevaba de contrabando una promesa de paraíso. Me invitó a salir del local. Acepté  su mano en la cintura y le dirigí hacia a un tapizado de cuero, mi coche.

Parte II. Sexo en el coche

Llegamos al vehículo, reclinamos los asientos delanteros para disfrutar mejor del sexo. Cierre de seguridad. Llaves guardadas. El pelo hacia atrás.  No tardó en llevar su barba sobre el cartílago de mi oreja mientras con el índice y el pulgar jugaba con mis pezones. Caricias suaves y mano firme como nos gustan a las mujeres calientes. Descubrió la promesa de un escote y decidió bajar. Las bragas mojadas. Le indiqué el camino. Mis piernas sobre sus hombros acortando el tiempo de espera.

¡Ahora ya sabes el camino!

Con el pulgar apartó la ropa interior y comenzó el ballet con su lengua. Golpes secos pero controlados. Se bajó el tirador de la cremallera para sacar su polla XXL ansioso por una mamada, más tarde, quizás.

Llevaría diez minutos comiéndome, cuando Acabó de sacarse la polla de sus pantalones y sentí una corriente que volteó mi cabeza en todas direcciones. Supe después que era imposible no habérselo pedido.

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Marc Dorcel, The whores of Baron, 2014

La sacó un hilo de baba en el frenillo y me sodomizó sin contemplaciones. Me penetró el culo como el mejor sexo anal, sintiendo su polla durante más de diez minutos llena de venas gruesas que rozaban todo mi culo.

!Me estaba haciendo llorar de placer y no podía parar de gemir¡

Nos incorporamos. Tenía su leche por mi cuerpo. Nos despedimos. Acepté su número de teléfono. Aunque nunca lo llamaría. Tomé una carretera secundaria y me introduje en la autopista desde un ramal.

Llegué a mi casa sin grandes aspavientos, llegue a mi habitación y allí estaba mi marido, dormido.  “el fatum, mi fatum, mujeres maduras, mujeres maduras”, 

 

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